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Escrito por: Rubén Posligua Morales MSc.

Parte 2

Es muy probable que se desconociera el orden gubernamental de los hombres organizados en sociedades con normas de justicia durante el período antediluviano, lo que explica la rápida extensión y la profundidad del mal de aquella época (Gén. 6:1–7).

Bajo el pacto noético el hombre ha de respetar la vida, que, simbólicamente, se representa por la sangre. Todo animal podría ser utilizado con el fin de mantener la vida del hombre, señor de la creación, pero sólo después de derramar la sangre. Bajo la ley levítica, para la comunidad de Israel, esta norma había de aplicarse con mayor rigor, pero, desde el principio, significaba «respeto a la vida».

Tratándose del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios (9:5 y 6), la vida derramada por el homicida había de ser vengada, fuese por el «pariente más próximo» (goel) de quien se lee en la jurisdicción levítica, fuese por los jueces, de un orden jurídico posterior y más desarrollado.

Aquí empezamos a vislumbrar la «espada» que Dios ha puesto en las manos de los gobernantes, que son sus «ministros» con el fin de evitar la anarquía y la violencia individualista en el mundo (Rom. 13:1–7).

El sacrificio y la señal del pacto. Debiéramos empezar a leer los detalles del pacto noético en Gén. 8:20 donde consta: «Y edificó Noé un altar a Jehová y tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia y ofreció holocausto en el altar.»

No se menciona «la víctima del pacto» tan claramente como en Gén. cap. 15, pero es evidente que el simbolismo de los holocaustos viene a ser la base del pacto, ya que es «olor grato» a Jehová, quien, en vista de la «satisfacción», o sea, la «propiciación», que significa el holocausto, y pese a un renovado diagnóstico pesimista del mal en el corazón del hombre caído, anuncia su propósito de mantener las condiciones necesarias para la vida del hombre en la tierra.

Es una lástima que la división entre los capítulos 8 y 9 en nuestras versiones dificulte la comprensión de que existe una relación íntima entre el sacrificio y el pacto, siendo importante notar que no puede haber «arreglo» entre el Dios Santo y el hombre pecador sin la propiciación tipificada por la sangre.

Este pacto racial tiene su «señal». Sin duda el hermoso «arco iris» se había visto siempre cuando los rayos del sol pasaban por lluvias, que actuaban de prisma, analizando la luz blanca en colores al dar contra el fondo de los nubarrones, desde la etapa de la creación que hacía posible este fenómeno.

Lo que Dios hace aquí, pues, no es crear el arco iris, sino conceder al conocido fenómeno el valor de «señal de su promesa». Podrían venir fuertes lluvias, pero no por eso había el hombre de creer que peligraba la existencia de la raza. Pasarían los nubarrones, y la tierra disfrutaría aún de su siembra y siega normales.

Gracias por el tiempo que ha dedicado para leer y entender sobre el primer pacto que hizo El Eterno con su creación que el Señor Jesús Bendiga grandemente sus vidas y ministerios y los libre de todo mal.

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