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Escrito por: Rubén Posligua Morales MSc.

Parte 2

Qué pueden hacer al persuadir a las personas hacia Cristo, al sacarlas del mundo, al instarlas a una vida de fe y santidad si sus conciencias, de estar despiertas, les dirían que todo esto que dicen es para su propia confusión.

Si hablan del infierno, están hablando de su propia herencia. Si describen el gozo del cielo, están describiendo su propia desgracia, ya que no tienen derecho a “la herencia de los santos en luz” Colosenses 1:12. En su mayor parte, pueden hablar de ello, pero será contra sus propias almas.

Oh, miserable vida la de un hombre que estudia y predica contra sí mismo, y pasa sus días de camino a la condenación propia. Un predicador sin experiencia y gracia es una de las criaturas más infelices sobre la faz de la tierra, y aun así, muchas veces es insensible a su infelicidad, porque ha tenido tantas cuentas que parecen el oro de la gracia salvadora, y tantas piedras preciosas espléndidas que recuerdan a las joyas cristianas, que rara vez se ve atribulado por pensamientos de su propia pobreza, sino que piensa “soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”, cuando, en realidad es “un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” Apocalipsis 3:17.

Está familiarizado con las sagradas Escrituras, se ha ejercitado en los deberes santos, no vive en un pecado infeliz y abierto, sino que sirve en el altar de Dios. Reprende las faltas de otras personas, y predica santidad tanto de vida como de corazón.

Qué puede esta persona elegir, sino ser santo, oh qué miseria tan grande es esta, perecer en medio de muchos, Pasar hambre mientras tienes el pan de vida en tus manos, mientras lo ofreces a otros y les instas a tomarlo, qué miseria que esas ordenanzas de Dios sean causa de nuestro engaño, cuando han sido instituidas para ser los medios de nuestra convicción y salvación, y todo ello mientras sostenemos el espejo del evangelio para otros, para mostrarles el rostro y aspecto de sus almas, mientras miramos la parte de atrás, donde no vemos nada, o bien lo apartamos para que no de una mala imagen de nosotros mismos.

Si una persona así de miserable quiere tomar mi consejo, debería ponerse en pie, y llamar a cuentas su corazón y su vida, haciendo recaer por un tiempo la predicación sobre sí mismo, antes de seguir predicando a otros.

Que considere si la comida en la boca, la que no ha entrado en el estómago, puede nutrir; que considere si aquel que “nombra el nombre de Cristo no debe apartarse de la iniquidad” 2 Timoteo 2:19, que considere si Dios escuchará sus oraciones si “en su corazón mira a la iniquidad” Salmos 66:18, si servirá en el día de rendir cuentas el decir: “Señor, Señor, en tu nombre profetizamos”, cuando escuche aquellas terribles palabras “Apartaos de mí, no os conozco” Mateo 7:22–23, y que considere qué consuelo sería para Judas, cuando se hubo ido a su lugar, recordar que había predicado con los otros apóstoles, o que se había sentado con Cristo y lo había llamado “amigo”.

Que este tema nos de la ayuda necesaria para salir adelante en la vocación pastoral, bendiciones.

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